martes, 21 de mayo de 2013

Game Over

Se acabó, era el fin. Se iba a terminar todo para mí. Había llegado mi hora. Estaba tirado en el suelo, sobre un charco formado por mi propia sangre y más en el otro barrio que en este. Fin del juego.

Os preguntaréis cómo he llegado hasta aquí. Bueno, pues ha sido bastante más fácil de lo que parece: Estaba estudiando 2º de Bachillerato, de Ingeniería, para ser exactos. Todos mis amigos o estaban en Biología o repitiendo, y con los horarios que teníamos no nos podíamos ver ni en los cambios de hora.

De repente volvía a estar apartado, aislado de todos, solo, en una clase de niños ricos a los que le daba igual la nota porque sus padres les iban a poder pagar la universidad, pero lo único que se oía en mi casa es que tenía que mejorar mis notas (Por muy altas que fueran) porque si no no me iba a llegar la beca (Que no me iban a pagar en cualquier caso, con la puta crisis). En mi casa no hablábamos, y cada vez que lo hacíamos parecía que alguien había puesto Sálvame.

Estar tanto tiempo contigo como única compañía no es nada bueno, porque piensas demasiado, porque acabas enfrentado contigo mismo y porque empiezas a planear cosas de las que luego que arrepientes de haber pensado.

Y con esta situación empecé a meterme con todos y cada uno de mis compañeros de clase, a todas horas, de las maneras más crueles que se me ocurriesen. Estos, por supuesto, empezaron a mirarme con cara de querer matarme, pero a mí me daba igual. En ese momento me hubiese importado más bien poco, si me hubiese arrollado un tren no me hubiese importado.

Y al fin llegó, por fin, lo que estaba esperando: Mis compañeros me amenazaron con darme una paliza de muerte al día siguiente, a mí me seguía dando igual, así que fui a una fábrica abandonada, el sitio acordado, esperando que estuvieran ocupados y se diesen prisa.

Nada más entrar noté cómo algo me daba en la cabeza, un bate. Después los 3 que los había allí me llevaron contra una pared y me dieron en las costillas varias veces. Un rodillazo en la mandíbula después estaba en el suelo. ¿Ya está? ¿Eso es lo mejor que tenían?

Me rebatieron rápido con tal patada en la cabeza que me estrelló contra la pared. Mi cráneo se fisuró y mi pelo empezó a teñirse con mi sangre.

Me volvieron a levantar como a un saco y descargaron un puñetazo en el abdomen. Me desplazó unas cuantas costillas y me cortó la respiración. Acabé a gatas luchando por respirar cuando una patada me dio la vuelta y acabé boca arriba, luego me pisaron el cuello. En ese momento ya estaba con problemas graves para respirar.

Después cogieron el bate otra vez y me partieron las dos rodillas. El puñetazo en la mandíbula que recibí a continuación no sería gran cosa de no ser por los nudillos de acero que llevaba el que me los dio, saltándome varios dientes y llenándome la boca de sangre. Me incliné hacia un lado para escupirla, momento que aprovecharon para patearme la nuca, ya resentida. Ahora veía borroso y tenía problemas para calcular distancias.

Estaba tirado en el suelo, ensangrentado, sin poder levantarme, con la cabeza casi abierta y con graves problemas para respirar.

Se acercaba el momento.

La verdad es que había aguantado más de lo que esperaba, pero sabía que no lo haría mucho más sin por lo menos entrar en coma.

Me levantaron y me descargaron puñetazos en la cara, dejándola hecha un amasijo de huesos, músculos y sangre.

Después se largaron sin mediar palabra, ni falta que hacía.

Mi cuerpo seguía luchando por mantenerse vivo, cosa harto desagradable, porque lo único que podía sentir en ese momento era dolor. Un dolor que me daba igual que me diesen más o no, porque no creía que pudiese aumentar.

Poco a poco me empecé a desvanecer, aún sentía dolor, pero iba disminuyendo, hasta que ya no sentía nada.

Estaba muerto.




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